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LA MESA DEL CHEF RIVERA
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"14 de maio. ¡Que ben o pasamos uns cantos artistas nesta terra cantada pola inmortal Rosalía!. Todos comemos no Chef Rivera: boa comida e mellor bebida. Non tiña ganas de comer pero din todos que comín ben. Eu penso que si. Despois de comer deume un cansancio e o Chef ofreceume unha cama para botar unha sestiña; levantei máis forte. Os demais estiveron dándolle voltas o libro que van escribir do Chef Rivera. A min quédame a ilustración..."
Dos meses después, Laxeiro se nos fue con sus pinceles al paraíso. Había pergeñado ese 14 de mayo de 1996 la última dedicatoria, ya con mano muy temblorosa
Si la mesa desempeña un papel determinante como símbolo de autoestima en el género humano, si en torno a la taula se configuran los signos de honor, hospitalidad, dignidad, festejo, boato, placer y otros valores culturales subconscientes, la Mesa del Chef Rivera se convierte en un modelo de toda esa conjunción de valores, y que, en el plano de lo concreto y personalizado, se revela también como el escaparate no sólo de la trayectoria profesional de un cocinero y de su evolución, sino también de la propia dinámica de la cocina gallega, enraizada con fuerza en la tradición y en su despensa habitual, pero también oportunamente abierta a los avances y novedades de la culinaria.
Por estos vericuetos y hasta estas merindades discurre la cocina y las mesas del Chef, desde la inauguración de su restaurante en 1976 y durante estas tres décadas de progresión irresistible, alimentadas por un aprendizaje heterodoxo y cosmopolita, pues tan cierto es que "non se fai o palleiro sen palla" como que el profesional de la cocina precisa de unos conocimientos y experiencia para lo que no basta la intuición ni el empirismo doméstico.
Por aquellas calendas de finales de los cincuenta aún no estaba escrito el destino coquinario de José Rivera Casal, en ese tiempo más cerca de los calores del soplete que de los del horno. Opuesto radicalmente a toda posibilidad de profundizar en formación de base teórica, su madre, después de que cursara bachillerato en los Salesianos de A Coruña, aprovechó las buenas relaciones de la familia para la que trabajaba y consiguió el ingreso de su inquieto vástago en el colegio-hogar "Calvo
Sotelo" de la Diputación coruñesa, en el que se impartía lo que ahora se llama formación profesional, y a falta de otra posibilidad curricular acorde con el carácter inquieto y vitalista del mozalbete, encauzaron su instrucción hacia la profesión de maestro tornero, en la que aguantó hasta el tercer curso.
De aquellas aguas vendrán estas masas que gusta de presentar con precisión de forma y ajustado molde. Ese mismo nervio que trabaja las masas con fruición, no soportaba el corsé académico que representaba la escuela de maestría. Así que, convencido, como en la famosa fábula, de que para conseguir los cinco pájaros de la ilusión juvenil había que empezar por uno, el joven Rivera, con 16 años, vuelve a Padrón, busca y encuentra empleo en la empresa de pieles y curtidos que ya se llamaba
Picusa. Para ello no le sobró su reciente formación, pues entró a trabajar como mecánico en el taller, al tiempo que se matriculó en la "escuela de
noite" para aprender inglés, decisión que le costaría, por cierto, el empleo. El tiempo que restaba para cumplir los 18 años de la mayoría de edad, estuvo en el taller de coches del ya fallecido don Fortunato Blanco Castaño (hoy concesionario
Citroën). Alcanzada la mayoría de edad, un 6 de septiembre de 1966, José Rivera se dispone a cumplir con la ilusión de su vida y parte para West Abbey
Cromlay, en Sussex. Atrás van quedando los tañidos melancólicos de las campanas de
Bastabales, la memoria de la niñez, el domicilio materno. En el fardo van diez mil ilusiones, lo suficiente para no pasar hambre ni frío durante una semana, y un certificado (falso) que le acredita como ayudante de cocina.
Se produce mediante esta coartada de conveniencia su primer vínculo formal con el mundo de la cocina, absolutamente circunstancial y táctica, puesto que, sin una permanencia mínima de cuatro años en Inglaterra, este país no autorizaba el trabajo a extranjeros salvo en servicios domésticos y hosteleros.
Nada más llegar, entra inicial y provisoriamente en la cocina de un colegio, donde trabajaba un vecino de Mera, José Antonio
Pasandín, que pasa a jugar el papel de veterano introductor del desmarcado Rivera en el hormiguero londinense.
En Londres se encontraría con otro "galego" errante, Jorge Fernández, que actualmente tiene un pequeño restaurante en Chantada, el mesón
Horcha.
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