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LA MESA DEL CHEF RIVERA

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Los 140 metros cuadrados que albergaban la cocina, la cafetería, el comedor y los servicios del restaurante inicial se transforman y multiplican hasta los 800. Sólo la nueva cocina (200 metros) casi duplica la superficie total del restaurante. El pasillo de acceso a los comedores se monta, en la práctica, sobre la mitad del primitivo comedor. El resto pasó a ser cocina. Son dos estancias paralelas en el diseño del restaurante, ambas continuación de la cafetería.
Mantienen su personalidad el acristalado de fina cuadrícula en madera que definen la fachada y puerta de acceso. También mantiene su condición de vestigio de la influencia inglesa la barra, sólida, extendiéndose en forma de S y con sus bruñidos metales frente a las mesitas de similar nobleza, con sus sillas acogedoras elegantemente adornadas por el torneado, sus columnas forradas con madera. También esta estancia cambiaría el maquillaje.
El interior de barra tiene continuidad hacia la cocina, la cafetería canaliza los tránsitos hacia el comedor a través del pasillo _en su inicio están también los servicios_ y la pared que separa cocina y pasillo es a su vez, por este lado, una galería de documentos gráficos y periodísticos, testimonio del devenir profesional del Chef Rivera. En su medianera, justo donde su trazado deriva hacia la derecha, ha sido habilitado un pequeño bureau para servicios operativos y guardarropía. Y ya estamos en el refectorio de diario, una estancia con sensación de espaciosa a pesar de sus equilibradas proporciones, que goza de acceso directo desde el office. Algunos elementos vegetales compiten con la piedra de la alta montaña gallega y los encalados para proporcionar una ambientación típica, doméstica a la vez que elegante.
La luz natural entra, a través de amplias puertas acristaladas, desde el pasillo exterior, ajardinado, cubierto por una bóveda de material traslúcido; esta estancia tangencial sirve a la vez de acceso a los comedores privados que suceden al de diario, convertibles en una ampliación, mediante un moderno sistema de paneles divisorios plegables, de manera que tanto delimitan estos cuatro comedores, como, recogidos, los transforman en uno o más salones, con capacidad para 300 comensales juntos.
Esas "paredes" de moderna estructura recubierta de madera, representan la excepción de una regla que impera en la decoración, la nobleza de los materiales, pero sirven al pragmatismo, a las posibilidades de aprovechar el restaurante para grandes banquetes. A enaltecer todo el conjunto contribuye decisivamente el arte, puesto que de las paredes y divisorias cuelga una excelente colección de pintura gallega, con predominio de obra de Laxeiro, el sagaz e irreverente artista que mantuvo el buen apetito y la pasión por la cocina de Rivera. Junto a su obra, las paredes del Chef Rivera acogen lienzos de Souto, Quintana Martelo, Sevillano, Manuel Torres, Peteiro, Manolo Moldes, Sucasas, otro asiduo de la Mesa del Chef, y rival en la organización de suculentos y corpulentos cocidos en Lalín. Rivera comparte la pasión por la pintura y por el guiso bien hecho con el industrial José Manuel Cortizo, otro de los padroneses triunfadores que forman causa común, y habitual en la Mesa del Chef. 
Pero no terminan en esos cuatro interrelacionados entre sí, los espacios culinarios del restaurante. Hemos de entrar, girando a la izquierda por ese pasillo de "luces", en el que también se ubican otras "toilettes" alternativas, en el privado por excelencia, llamado "la bodeguilla", porque su fondo decorativo es precisamente la bodega de servicio del restaurante, perfectamente ordenada, rica en registros tanto autóctonos (primeras botellas de Rías Baixas, Ribeiro, Ribeira Sacra, Valdeorras) como foráneos, especialmente de las demarcaciones de Rioja y Ribera de Duero, y la más numerosa oferta de Portos vintage, con una treintena de referencias.
Llegó el día en que a su apuesta, nombrándolo cavalheiro apadrinado por el doctor Olaizábal (entonces director de Ferreira) fue reconocida por la Cofradía do Viño de Porto, una veneración que nos une y que subraya, una vez más, una de las virtudes del Chef, su disposición abierta a complacer el gusto de un cliente, sin importarle el número, la ausencia de soberbia en su conducta. En la Mesa del Chef es ya un rito la culminación de una buena comida con un vintage. Para acompañarlo, a juicio del que suscribe le va mejor que el queixo da serra idealizado por nuestros vecinos, este suculento y absorbente Bizcocho.
El Chef representa a la cocina gallega en sucesivas jornadas promocionales en Madrid, Sevilla, Alicante y otras ciudades españolas. Alcanzaron especial impacto las jornadas promocionales de la cocina del rodaballo y mejillón gallegos, desarrolladas cuando era conselleiro de Pesca Rodríguez Peña, y las jornadas de cocina gallega celebradas en los centros de El Corte Inglés en la capital del estado durante tres años.
Con idénticas responsabilidades, viaja a México, Brasil, Venezuela, Chile, Uruguay, Argentina. En Buenos Aires goza de un prestigio y reconocimiento sin precedentes, sobre todo desde que inicia una demostración en el Catalinas, dirigido por el prestigioso chef oriundo de Sarria, Ramiro Martínez, con ocasión del viaje encabezado por el presidente de la Xunta de Galicia, Manuel Fraga, a tres países del cono sur americano, pero la cancha se la ha servido, sobre todo, su amigo Emilio Garip, de los restaurantes Oviedo, y el laudo se lo ha brindado, y no los regala, nuestro amigo Miguel Brascó, el crítico gastronómico más influyente y prestigiado en aquellas latitudes.

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